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Recordando a Ricardo Fonseca, un combatiente ejemplar

Iván Ljubetic Vargas, historiador del Centro de Extensión e Investigación Luis Emilio Recabarren, CEILER

“Veníamos los dos de las desamparadas
regiones de la Frontera,
y entre una racha y otra del tiempo tempestuoso
nos encontramos bajo el mismo techo
junto al fuego que el hombre ha levantado
sacándoselo del pecho”
(Pablo Neruda)

Nació en el sur, en la Frontera, en una modesta casa de la calle 18 de Septiembre de Puerto Saavedra, el 17 de enero de 1906.

Sus padres, Santiago Fonseca y Clorinda Aguayo, eran campesinos pobres que trabajaban la tierra en un lugar llamado Pichico (“Poca agua”). Además de Ricardo, tenían otros cuatro hijos: Santiago, Elcira, Lisardo y Abraham.

Ricardo no había cumplido los seis años, cuando falleció su padre. La madre mostrando valor y mucho espíritu de sacrificio, logró que fuera a estudiar a la Escuela Primaria de Puerto Saavedra.

Estudiante responsable

El niño Ricardo debía caminar tres leguas de ida y tres de vuelta para concurrir a clases. Nada lo detuvo en su afán de estudiar. Ni siquiera los largos, fríos y lluviosos inviernos de la región.

Estudió con responsabilidad, llegando a ser el mejor alumno de su curso. Tenía gran amor por la lectura. Fue el lector más asiduo de la biblioteca de Puerto Saavedra.

Tanto el Director de la Escuela, como los profesores, le ayudaron para que pudiera continuar sus estudios en la Escuela Normal de Victoria. Tenía 12 años de edad.

En esa escuela se destacó por ser un estudiante aplicado, por su firme personalidad, su espíritu de fraternidad y de camaradería hacia todos sus compañeros.

Conoce a Recabarren

Finalizó sus estudios en Victoria cuando tenía 17 años de edad. Viajó a Santiago. Allí se encontró, por casualidad, con un mitin obrero en la antigua Plaza Argentina. Le llamó la atención un orador. Era Luis Emilio Recabarren.

Comenzó a trabajar como profesor en la Escuela Nº 3 de Valdivia. Por las noches iba a los locales sindicales donde hacía clases de alfabetización y de cultura general. Allí tomó contacto con dirigentes obreros.

En 1922 se fundó la Asociación General de Profesores de Chile, que se puso a la cabeza de las luchas del Magisterio. Ricardo se incorporó a ella y participó activamente en sus campañas.
En Valdivia escuchó por segunda vez a Recabarren en una charla sobre “Rusia Obrera y Campesina”.

En la lucha clandestina

El 4 de junio de 1925, durante el gobierno de Arturo Alessandri Palma, se perpetró la masacre de La Coruña. Dos años después se inició la dictadura del general Carlos Ibáñez del Campo, que reprimió al PC y a la FOCH. Decenas de dirigentes fueron detenidos y deportados a Isla de Pascua, de Juan Fernández y otros lugares inhóspitos.

Ricardo tomó parte en grupos clandestinos para luchar contra la dictadura, formados por los profesores más consecuentes.

Dirigente del magisterio

En 1928 Ricardo Fonseca trabajó por unos meses en la ciudad de Molina, para trasladarse luego a Santiago, donde ejerció como profesor en la Escuela Nº 63 de Recoleta. Pronto fue elegido dirigente de la Sección Santiago de la Asociación General de Profesores.
Junto a otros maestros, con los cuales venía luchando, fundó el Grupo ITE, adherido a la Internacional de los Trabajadores de la Enseñanza.
La ITE, de la cual rápidamente se constituyeron filiales en Antofagasta, Valparaíso, Talca, Chillán, Concepción y otras ciudades, enarbolaba la bandera de la lucha contra la dictadura, por las reivindicaciones de los maestros y por el desarrollo de la educación.

Ingresa al Partido Comunista

Hacia fines de 1929 ingresó a las filas comunistas. En una carta enviada a compañeros y amigos, en febrero de 1930, explicó las razones del trascendental paso dado: “La tarea del profesor es noble, y enseñar es una de las cosas más grandes que existen. Pero la acción de la escuela es restringida y los frutos que obtiene un maestro en su vida son demasiados pequeños. Es preciso servir a una escuela más grande, cuya acción englobe a miles de alumnos. Esta escuela es el Partido Comunista y este alumnado innumerable es el pueblo”.

(Citada por Luis Corvalán en “Ricardo Fonseca Combatiente Ejemplar”, página 66).

Militó en la Sexta Comuna de la capital.

La Asociación General de Profesores

El 26 de julio de 1931 un poderoso movimiento democrático derribó la dictadura de Ibáñez- Ese día, Ricardo pronunció su primer discurso público en un mitin en la Casa Central de la Universidad de Chile.

El 25 de agosto se constituyó la Asociación General de Profesores, eligiendo una Junta Directiva de la cual formaba parte Fonseca.
Había asumido el gobierno, en calidad de Vicepresidente, el reaccionario Juan Esteban Montero, pero pronto entregó el mando a su ministro del Interior Manuel Trucco, quien también gobernó como Vicepresidente. Durante su breve mandato estalló, el 1 de septiembre de 1931, la sublevación de la marinería de la flota de guerra, aplastada el 5 de ese mes.

En las elecciones de octubre triunfó Juan Esteban Montero, quien asumió la Presidencia de la República el 3 de diciembre de 1931.

Su preocupación por la educación ideológica

El 11 de enero de 1932 los portuarios de San Antonio iniciaron un paro nacional.

En la Sexta Convención Nacional de la Asociación General de Profesores, realizada en Chillán en enero de 1932, chocaron dos corrientes: una revolucionaria y otra reformista, entre las cuales las contradicciones eran insalvables. Entonces, el 20 de ese mes, Fonseca y otros profesores revolucionarios fundaron la Federación de Maestros, una combativa entidad del Magisterio, que luchó por la democracia, el mejoramiento de las condiciones de los profesores y planteó por primera vez una educación con bases científicas.
El 4 de junio un golpe cívico-militar derrocó el gobierno de Montero e instauró la “República Socialista”, que no adoptó ninguna medida socialista, pero fue un gobierno democrático, que llevó adelante algunas reformas destinadas a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. Duró sólo doce días. Fue aplastada por un golpe de Estado reaccionario, que dio paso a la dictadura de Carlos Dávila, que reprimió al pueblo durante cien días. En diciembre de 1932 se inició la segunda administración de Arturo Alessandri Palma.

En el Comité Regional de Santiago del Partido Comunista

El abril de 1933, Ricardo Fonseca fue promovido al Comité Regional Santiago del Partido Comunista. Desde ese organismo se dedicó con mucha fuerza a elevar el nivel ideológico de la militancia. Fue un activo promotor de la educación partidaria.

En una Conferencia contra la Guerra, realizada en la Universidad de Chile, conoció a Elena Pedraza, delegada de los estudiantes de educación física, con quien formó pronto un modelo de hogar comunista y sería su compañera de toda la vida.

Relegado en Aysén

En enero de 1934 el gobierno de Alessandri lo relegó a Aysén. Estando allí recibió un regalo de Elena Pedraza: el Capital de Karl Marx. Dedicó su tiempo como relegado a hacer algunas clases particulares para mantenerse, conversar con los trabajadores del pueblo y, sobre todo, a estudiar la obra de Marx.

A su regreso a la capital, fue elegido Secretario General de la Federación de Maestros. Eran tiempos de dura represión. Se produjo la masacre de Ranquil contra los campesinos, en el Alto Bio-Bío.

Huelga de hambre en la cárcel

La policía irrumpió en un Congreso de la Federación Obrera de Chile, que se efectuaba en Santiago, detuvo a Ricardo y otros delegados. Conducidos a la cárcel, llevaron a cabo una huelga de hambre, que a través de la cual, después de 17 días, conquistaron la libertad.

El 23 de febrero de 1936 se inició una huelga de los obreros ferroviarios que fue violentamente reprimida por el gobierno de Alessandri. Dirigentes políticos y sindicales fueron detenidos. Uno de ellos, Ricardo Fonseca.

Relegado en Maullín

Por entonces, trabajaba como vendedor de bencina en una bomba de Copec. Se dirigía al Hospital San Borja a ver a su compañera Elena, que recién había dado a luz a su hijo Leonardo, cuando fue detenido por la policía y relegado a Maullín, una pequeña aldea, situada a varios kilómetros de Puerto Montt No pudo ver a su esposa ni conocer a su hijo.

El movimiento de solidaridad con los ferroviarios produjo un acercamiento entre los partidos de izquierda. Ello creó las condiciones para que el 26 de marzo de 1936 naciera el Frente Popular. Lo constituyeron los partidos Radical, Socialista, Democrático y Comunista.

La Revista Pedagógica

Estando relegado en Maullín concibió la idea de editar una revista pedagógica que barriera, en el campo de la educación, con el reformismo y el idealismo, y echara las bases de una pedagogía avanzada y de un plan orgánico destinado a terminar con el 42% de analfabetos, a elevar el nivel cultural del pueblo y a preparar a la juventud para la nueva época de transformaciones económicas, sociales y políticas por las cuales venía luchando el Frente Popular.
De regreso a Santiago, junto Rodolfo Guzmán, Crisólogo Gatica y otros destacados maestros comunistas, editó la Revista Pedagógica. En septiembre de 1936 participó en la asamblea pedagógica organizada por la Unión de Profesores de Chile, donde planteó sus ideas sobre una educación orientada a la formación de una conciencia democrática.

Secretario General de la Juventud Comunista

El Partido decidió que Ricardo pasara a las filas de las Juventudes Comunistas, en las cuales fue elegido su secretario general en 1937. Esta designación marcó un hito en la vida de la Jota. Gracias al aporte de Fonseca, experimentó un gran desarrollo, comenzó a utilizar métodos audaces, atractivos; adquirió personalidad, mayor combatividad y dinamismo.

En enero de 1937, a iniciativa de Ricardo, se realizó un Pleno clandestino del Comité Central de las Juventudes Comunistas en las faldas de la Cordillera de los Andes. En esa reunión se trazó el objetivo de constituir un amplio frente juvenil patriótico y antifascista.

La alianza libertadora de la juventud

Esto se logró en septiembre de ese año, al nacer la Alianza Libertadora de la Juventud, constituida por jóvenes comunistas, socialistas, radicales, democráticos, evangélicos, deportistas de clubes de barrio. Una especie de versión juvenil, pero ampliada, del Frente Popular. Sus actividades eran deportivas, culturales, artísticas, de acuerdo a las características propias de los jóvenes.
La Alianza Libertadora de la Juventud se transformó en una de las barreras más firmes para enfrentar el fascismo, en especial al Movimiento Nacional Socialista, dirigido por González von Marees. En uno de los encuentros, entre comunistas y nazistas, fue asesinada en Valparaíso la joven comunista Eliana Miranda.

La política de las JJ CC era de gran amplitud. En el Informe a la Segunda Conferencia Nacional, celebrado en abril de 1938, Ricardo Fonseca señaló: “Nosotros queremos trabajar unidos con los elementos democráticos de la Falange Nacional, enemigos de Ross y del fascismo, en la realización de las tareas que el momento actual plantea a nuestra generación.”

En las elecciones presidenciales del 25 de octubre de 1938 triunfó Pedro Aguirre Cerda, candidato del Frente Popular, que inició su gobierno el 24 de diciembre de ese año.

La Alianza Libertadora de la Juventud jugó un importante rol en la solidaridad con el pueblo español que luchaba contra las fuerzas fascistas de Franco, que habían desencadenado la cruel guerra civil el 18 de julio de 1936.

Durante el Gobierno de Pedro Aguirre Cerda, Ricardo Fonseca volvió al Magisterio por algunos meses, pero renunció para dedicar todos sus esfuerzos al trabajo partidario.

Director de “El Siglo”

En septiembre de 1940 tuvo lugar el Segundo Congreso Nacional de las Juventudes Comunistas. En este torneo Ricardo dejó el frente juvenil. Retornó al Partido y fue incorporado a la Comisión Política del Comité Central. Asumió la dirección de El Siglo, fundado poco antes, el 31 de agosto de 1940. En él formó periodistas obreros, les enseñó a escribir en un lenguaje sencillo, comprensible para las masas. Transformó al diario en una verdadera escuela de cuadros.
Evoca su hijo Leo Fonseca: “·En los años 41-42, él era Director de “El Siglo”, es decir llegaba a casa muy tarde debido al cierre del diario, además era diputado por la Provincia de Tarapacá, lugar muy lejano en esos tiempos aunque se viajara en avión. Entre Santiago e Iquique se demoraba unas 9 horas en unos aviones pequeños anteriores a los DC3. En tren eran tres días y tres noches entre Santiago e Iquique y en barco unos 5 a 6 días desde Valparaíso. Recuerdo que permanecía un mes o más en su distrito en el trabajo político”.

Senador

En las elecciones parlamentarias de marzo de 1941 el PC eligió 3 senadores y 15 diputados.

Uno de estos fue Fonseca, por la provincia de Tarapacá.
Al Gobierno de Pedro Aguirre Cerda le sucedió el de Juan Antonio Ríos. A éste, gravemente enfermo, lo reemplazó -en calidad de Vicepresidente- el radical derechista Alfredo Duhalde. Apenas llegado a La Moneda se lanzó contra los trabajadores del salitre y el 28 de enero de 1946 perpetró la masacre de la Plaza Bulnes, donde carabineros asesinaron a seis obreros, entre ellos la joven comunista Ramona Parra.

En 1946, Ricardo Fonseca fue promovido al secretariado del Comité Central y Encargado de Educación, Prensa y Propaganda. Su primera medida consistió en montar una escuela central de cuadros y varias escuelas regionales. Fue un consecuente heredero de Recabarren.

González Videla: Los primeros ministros

El 12 de enero de 1946, el PC proclamó la candidatura presidencial de Elías Lafertte. En una Convención Nacional de la Izquierda, presidida por Fonseca, se aprobó un Programa de Gobierno y designó como abanderado al radical Gabriel González Videla. Ganó en las elecciones del 4 de septiembre de 1946 e inició su mandato el 3 de noviembre de ese año. En su primer Gabinete hubo tres ministros comunistas. Uno de ellos era Carlos Contreras Labarca, que ocupaba por entonces el cargo de Secretario Genera del Partido. El Comité Central consideró inconveniente que desempeñara simultáneamente ambas responsabilidades. Se decidió reemplazarlo en sus funciones de Secretario General. En ese momento surgió el nombre de Ricardo Fonseca, que se venía destacando por su aporte en la Dirección del Partido. Luis Corvalán escribió:

“A partir de 1945, la figura de Ricardo adquiere relieves de gigante. Da un aporte extraordinario en la lucha por la línea del Partido, por la independencia política del proletariado y de su partido, por la formación de un Partido Comunista de tipo bolchevique”. (Luis Corvalán: “Ricardo Fonseca. Combatiente ejemplar”. Editora Austral, Santiago, 1971, página 160)

Secretario General del Partido Comunista

Asumió el cargo de Secretario General del PC el 31 de octubre de 1946.

Cuando fue promovido a Secretario General del Partido –recuerda su hijo Leo Fonseca- sus tareas fueron más complejas aunque siempre destinó tiempo y atención a su familia y al hogar. Por ello, sin haber sido un padre permanentemente presente como en la mayoría de las familias tampoco puede calificarse como uno ausente.
Mi madre, Elena Pedraza, también era activa trabajadora al ser la sostenedora principal del hogar, además de militante y dirigente sindical. Ricardo ganaba como los diputados y senadores comunistas es decir un sueldo de obrero especializado pagado por el Partido, la “dieta” de todos los parlamentarios las cobraba Finanzas y se destinaba al funcionamiento de la organización.

En casa él debió atender diferentes tareas domésticas como comprarme zapatos y ropa, matricularme en la escuela todos los años, en 1942 se dio tiempo para enseñarme a leer y escribir y las operaciones de suma y resta reactivando sus conocimientos de profesor primario. Por lo tanto ingresé a segundo año, en 1943, estando bien preparado para el curso al cual llegaba.

Gran avance electoral comunista

En las elecciones municipales de abril de 1947, el PC elevó su votación de 32.219 sufragios, obtenidos en 1944, a 91.282, convirtiéndose en el partido más fuerte del país.

En junio, González Videla pidió la renuncia a los ministros comunistas. El 21 de octubre, inició la represión. Detuvo a dirigentes comunistas, los envió al campo de concentración de Pisagua, exoneró a profesores, ferroviarios y funcionarios de las reparticiones públicas por ser militantes comunistas o sospechosos de serlos.

En la lucha clandestina

Ricardo Fonseca supo hacer pasar al Partido a la ilegalidad. Fue una retirada peleando. Solidarizando con los obreros del carbón y protestando por las medidas represivas del gobierno, efectuando combativos en las principales industrias del país. En el parlamento, en la prensa, utilizando cualquier tribuna pública, se denunciaban los planes del traidor.

Se montó un Secretariado ilegal, relacionando y combinando la lucha legal con la ilegal.

Se preocupó de la protección de los compañeros más amenazados por la policía.

Pablo Neruda, uno de los perseguidos por González Videla, escribió: “El secretario general de mi Partido había sido hasta entonces Ricardo Fonseca. Era un hombre muy firme y sonriente, sureño como yo, de los climas fríos de Carahue. Fonseca había cuidado de mi vida ilegal, mis escondites, mis incursiones clandestinas, la edición de mis folletos, pero, sobre todo, había cuidado celosamente el secreto de mis domicilios. El único que verdaderamente sabía, durante un año y medio de mis escondites, dónde iba a comer y dormir cada noche, era mi joven y resplandeciente jefe y secretario general, Ricardo Fonseca”. (Pablo Neruda: “Confieso que he vivido. Memorias. Seis Barral, Barcelona, 1974, página 248).

Contra la Ley Maldita

En 1948 el ejecutivo envió al Parlamento el proyecto de Ley de Defensa de la Democracia, bautizada por el pueblo como “Ley Maldita”. Durante su discusión en la Cámara de Diputados, Ricardo Fonseca pronunció un discurso en donde dijo refiriéndose al Partido Comunista: “Lo fundaron obreros chilenos y siempre han militado en él los mejores hijos de la clase obrera… Hoy se trata de fusilar la idea del marxismo, como prólogo al descuartizamiento de todas las ideas de justicia y progreso social, de libertad y de democracia. Pero se equivocan. El marxismo, en este año, ha cumplido un siglo. Ha conocido todas las persecuciones, todo el rigor de las ilegalidades, de los pelotones de ejecución y, sin embargo, ha emergido de la cárcel, más fuerte, más joven y luminoso que nunca…. es el comunismo una idea que no puede ser destruida, y hay que recordar que Hitler comenzó muy alegremente con las fanfarrias de Munich y el nazismo terminó muy lúgubremente en las horcas de Nuremberg… así pasará… El Partido de Recabarren, que nació de la entraña misma de la auténtica chilenidad, permanecerá invariablemente fiel a sus orígenes, a su pasado de lucha, a la causa de la libertad humana y de los valores de la civilización. Sabe que el pueblo lo acompaña y que nadie podrá legítimamente poner fuera de la ley al pueblo chileno”. (Citado por Luis Corvalán: obra citada, páginas 212-213-214)

Combatiendo a pesar de su precaria salud

En septiembre de 1948 fue aprobada la Ley Maldita. El Partido Comunista fue ilegalizado y perseguido con fiereza. Fueron borrados 40 mil ciudadanos de los Registros Electorales.

A fines de diciembre de 1948, Ricardo Fonseca comenzó a enflaquecer y a tener fuerte dolores intestinales.

Fue sometido a una intervención quirúrgica. Sufría de cáncer terminal.

En el verano de 1949 planteó al Comité Central la necesidad de designara a un nuevo Secretario General. El mismo propuso al obrero Galo González.

El mal avanzaba, pero Ricardo deseaba seguir en la lucha.

“La abstención no es política de los comunistas”

En marzo de 1949 tuvieron lugar elecciones parlamentarias, en que todo estaba dado para un gran fraude. Ricardo planteó aprovechar la coyuntura electoral para denunciar tanto a la dictadura del traidor como la mascarada electoral Frente a este tema tuvo una violenta discusión con Luis Reinoso, entonces Sectario de Organización del Comité Central., quien planteaba la abstención del Partido en las elecciones. Ricardo, y la Dirección del Partido, sostuvo que “la abstención no es política de los comunistas”. Este fue otro de los grandes aportes de Fonseca.

Enfermo como estaba pidió a la Dirección que se le permitiera realizar algún trabajo. Grabó un discurso que fue transmitido por radio. Fue su última actuación pública.

Continuaba estudiando, seguía con atención los acontecimientos. Dirigentes del Partido llegaban hasta su casa y les conversaba y entregaba su experiencia.

Despedidas

A pesar de que sus compañeros le habían ocultado la gravedad de su enfermedad, pocos días antes de su muerte Ricardo se dio cuenta de que se le escapaba la vida. No se desesperó. Decidió realizar sus últimas recomendaciones al Partido. Llamó uno por uno a los cuadros la Dirección, que llegaron a conversar con él.

A su compañera le dijo: “Nena, hemos llegado a la etapa final de mi enfermedad. Los esfuerzos del Partido, tuyos y míos ya son inútiles. Me voy a morir. Tú no vas a quedar sola. Hay una gran familia, el Partido, que te ayudará a ti y a mis hijos, siempre y cuando sean dignos de él, como creo que serán. Has sido una compañera admirable…”

Llamó a su hija Mireya, que vivía en Temuco, para darle sus últimos consejos.

Llamó a su hijo Leo de 13 años de edad, y con su actitud cariñosa y su entereza de siempre, le habló así: “He seguido el camino del comunismo, porque esta doctrina es la causa justa, noble y honrada… Hay que ser fuertes y no temer al enemigo. No vacilar jamás. Tu tienes una gran responsabilidad hacia tu madre y tus hermanas, Margarita y Eugenia…”

“Voy a morir compañeros, pero me voy contento”

Estando muy enfermo, Ricardo Fonseca pidió hablar con la Dirección del Partido. El Secretariado, burlando la vigilancia policial llegó hasta su hogar. Era el viernes 15 de julio de 1949. A Ricardo le costaba ya hablar. Pero mantenía, como siempre el pensamiento lúcido. Habló con calma, con imperturbable serenidad, deteniéndose a veces sólo por la fatiga o por la emoción. Dijo:

“Voy a morir, compañeros. Pero me voy contento, porque el Partido es grande y está unido. Nada ha podido el terror. Y esto es lo principal, porque el Partido es la columna vertebral de la clase obrera y del pueblo y es indispensable su existencia para la liberación de Chile. Me voy contento porque el Partido ha cumplido con su deber. El camino de la traición y la entrega era fácil y cómodo. Pero el Partido prefirió el camino del combate, que era el de mayor sacrificio, antes de volver las espaldas al pueblo, porque es parte de él, es su corazón combatiente, su cabeza directiva. El Partido no negó al pueblo y el pueblo no negó al Partido.

Me voy contento porque el Partido cuenta con una dirección política firme, de raíz proletaria, intransigente en los principios y flexible en su aplicación, forjada en la dura escuela del comunismo. Me voy contento porque entreveo el amanecer de un nuevo día, en que el pueblo reconquistará con sus propias manos su libertad y sus derechos arrebatados…” (Luis Corvalán:”‘Ricardo Fonseca, combatiente ejemplar’” página 222 y siguientes)

Seis días después, el 21 de julio de 1949, dejó de latir el corazón de Ricardo Fonseca Aguayo, un combatiente ejemplar, educador y Secretario General del Partido Comunista de Chile. Tenía 43 años de edad.

Juan Vargas Puebla: Breve biografía

Juan Vargas Puebla nació en La Serena el 8 de agosto de 1908. Tuvo una niñez difícil. A los 14 años comenzó a trabajar como obrero.
Fue fundador del Sindicato de Estucadores, de la Federación de la Construcción, dirigente de la FOCH; fundador de la CTCH y de la CUT. En las tres centrales fue consejero nacional.

Ingresó a las filas del Partido Comunista en 1932, cuando tenía 24 años de edad. En esta colectividad ocupó altas responsabilidades fue miembro del Comité Central, de su Comisión Política y de su secretariado.

Ha sido uno de los oradores más brillantes de Chile.

Fue regidor por Valparaíso entre 1938 y 1941; diputado ente 1945 y 1949: regidor por Santiago entre 1967 y 1971.

Después del golpe de 1973 debió salir al exilio. Estuvo en Argentina, República Democrática Alemana, Bulgaria y México. En este último país, donde residió los últimos 15 años de su existencia, fue asesinado el 21 de enero de 1992.

Consideró siempre a Recabarren su maestro Y hay enorme similitud en la vida y obra de ambos. Los dos dedicaron sus mejores esfuerzos a la unidad, organización y educación de los trabajadores chilenos.

Hace 70 años: 15 de enero de 1948

(Dos apartados del capítulo Primero de “Siguiendo la Roja Estrella. Recuerdos” de Iván Ljubetic Vargas)

II.- Descubriendo un nuevo mundo

Terminado el año escolar 1947 me quedé en Llo-Lleo. Estaba lleno de veraneantes. Estos y también nosotros, los del lugar, cumplíamos el rito estival: ir en la mañana y después de almuerzo a la playa; pasadas las 18 horas, a la plaza, a dar vueltas incansablemente hasta las 20 horas, cuando todos íbamos por Inmaculada Concepción a la estación ferroviaria a esperar el tren que venía de Santiago (corría sólo dos veces al día, el otro llegaba cerca de las 11 horas, cuando era tiempo de estar en la playa). La verdad es que la inmensa mayoría de los que repletábamos la estación no iba a esperar a nadie. Una vez que el convoy partía rumbo a Barrancas, San Antonio y Cartagena, regresábamos a la plaza. Había música a través de `parlantes. Algunos bailaban en el centro de ella. Otros se sentaban a conversar, pero la mayoría daba las tradicionales vueltas. Todos admirábamos lo hermoso de la plaza: los jardines, un pino en forma de casa, los prados, el árbol de la vida. Cuidaba esa plaza el “maestro” Armando Vidal, que pololeaba con nuestra nana Carmen.

Aparentemente, la vida transcurría idílicamente en Llo-Lleo y en todo Chile. Pero en esos mismos momentos cientos de comunistas estaban en la cárcel o en Pisagua; miles eran perseguidos, expulsados de su trabajo.

También en esos días, miles de revolucionarios trabajaban en la clandestinidad.

Pero ni lo uno ni lo otro lo sabía o le importaba a la mayoría de aquellos que iban a la playa, daban vueltas en la plaza o recibían el tren de la noche.

Yo me encontraba entre esos ignorantes y despreocupados chilenos que vivían en las nubes. Pero algo maduraba en mí. Alguna huella había dejado el comprobar la forma en que se calumniaba a los comunistas. Sentía simpatía, solidaridad hacia ellos, esto de un punto meramente humanitario. Me sentía un buen samaritano, deseoso de ayudar al hermano perseguido.

Supe que un sastre de Llo-Lleo, llamado Ramón Urzúa, estaba relegado en Pisagua. Conversé con sus vecinos. Todos hablaron muy bien de él.

Observé que algunos comunistas, a los que conocía de vista, se paseaban solos. La gente, incluso sus amigos, temía que los vieran con ellos.

Ello me indignó. Fue como un desafío para mí. Me dije que yo haría lo que otros no se atrevían a hacer. No tenía miedo. Me sentía ingenuamente protegido. Pensaba que el hecho de ser dirigente de la Juventud Católica, presidente del Estrella, hijo del dueño del almacén de la esquina o estar a las puertas de la Universidad, me daba una especie de fuero.

Era fines de diciembre de 1947. Una noche estando en la estación vi a un joven obrero de la construcción, conocido comunista, Armando Alarcón Piña, que se paseaba solo. Me acerqué a él y lo saludé. Contestó con una naturalidad, que me desconcertó un tanto, pues esperaba que mi actitud lo sorprendiera. Me conocía y sabía quién era. La gente había abandonado el lugar. Nos sentamos en un banco junto a la cabina de la Estación. Luego de hablar sobre el tiempo, tema apropiado para iniciar una conversación, le hice varias preguntas, que respondió ampliamente: ¿Qué eran los comunistas? ¿Por qué luchaban? ¿Por qué los perseguían?

La conversación de esa noche de verano comenzó a abrirme las puertas hacia un mundo hasta entonces desconocido para mí, que me maravilló desde el primer momento. Fue también el inicio de una gran amistad.

Nos juntábamos todas las tardes. Armando me hablaba de Luis Emilio Recabarren, de una historia muy distinta a la que había aprendido en el liceo, de Lenin, de la Revolución Rusa, de la Unión Soviética, de la traición de González Videla.

Me parecía increíble que un obrero, que debió abandonar la escuela para entrar a trabajar cuando aún era un niño, supiera tanto.

Ante una pregunta, me respondió lleno de orgullo:

-El Partido me ha educado. En sus filas he aprendido todo lo que sé.

Esta afirmación me conmovió. Pensé: un Partido que forma esta clase de jóvenes no puede ser malo.

Recuerdo que un día, cuando se acercaba la mitad de enero, Armando, así de frentón, siempre con su característica sonrisa, me propuso que me hiciera comunista y que le ayudara a reorganizar las Juventudes Comunistas de Llo-Lleo, desaparecidas a causa de la represión del traidor. Me contó que quedaban sólo dos: él y otro joven de la construcción de apellido Huala, y que para constituir la Jota se necesitaban a lo menos tres. Y me planteó: tú puedes ser el tercero. ¿Qué te parece?

Me pilló de sorpresa. Yo simpatizaba a esas alturas totalmente con los comunistas, pero no había pensado siquiera en la posibilidad de incorporarme a la lucha. No me encontraba con pasta de revolucionario.

Dos sentimientos experimenté ante la proposición de Armando. Felicidad por la confianza depositaba en mí por él (que después supe que detrás de ella estaba la opinión positiva del Partido). Por otro lado, miedo. No a la represión, porque ni pensaba en ello, sino a no poder cumplir y defraudar a los compañeros.

Respondí: podría intentarlo con tu ayuda y si me es permitido poner tres condiciones: que me permitan seguir creyendo en Dios, que no se me obligue a ser dirigente ni a hablar en público.

Armando, inteligente y sin sectarismo alguno, me explicó que no había problema alguno. Que esas tres cosas las debía decidir yo personalmente.

Acepté. El compañero me abrazó emocionado.

III.- Una tarde de verano cerca del mar

15 de enero de 1948. Nos juntamos en la esquina de Providencia con Canelo de la plaza de Llo-Lleo. Eran las 18 horas y la gente comenzaba a cumplir con el ritual de las vueltas. Armando llegó con el compañero Fernando Huala. Caminamos por avenida Providencia en dirección a Tejas Verdes.

Armando había propuesto reunirnos al aire libre, pues era más seguro. Parecíamos tres amigos dando un inocente paseo. Pero se trataba de una sesión solemne y de profundo contenido revolucionario. Armando explicó que se acostumbraba en las reuniones de la Jota a designar un presidente. Decidimos que presidiera el compañero Huala.

Armando abordó asuntos internacionales, la situación en Chile y las tareas que debíamos efectuar en Llo-Lleo. Era el informe político.

Varias cosas no entendí y sobre las cuales pregunté más adelante.

Se aprobó mi ingreso a las Juventudes Comunistas y se eligió el secretariado de la base. A la cabeza, como secretario político, quedó Armando. Fernando fue designado encargado de organización.

Entonces, Armando me dijo:

-Compañero Iván (en adelante me llamaría José Soto, nombre de batalla que elegí) necesitamos alguien que se encargue de cobrar las cotizaciones mensuales y controle los carnés (éste era una tarjeta doblada en dos). En su portada se leía en color azul: “Club Deportivo Camilo Henríquez”, en el interior doce cuadritos, uno para cada mes del año, donde se debía colocar la estampilla correspondiente. En la contraportada, se indicaban los tres deberes fundamentales de un “socio”: asistir a reuniones, pagar mensualmente las cuotas y cumplir las tareas asignadas.

De acuerdo, dije, sin darme cuenta que desde el primer día ocupaba un puesto de dirigente, pues había aceptado ser el encargado de finanzas de la base, pasando yo mismo por encima de una de las tres condiciones que había puesto para ingresar a la Jota.

Ese 15 de enero de 1948 se constituyó en el día más importante de mi vida. Esa tarde de verano, cerca del mar, me hice miembro de la gran familia comunista.

En ese día se iniciaba, también, un nuevo capítulo en la historia de la Joven Guardia de la Comuna de San Antonio. Se constituía el núcleo inicial de lo que sería, en pocos años más, un ejemplo de organización juvenil revolucionaria.

Esa noche, antes de dormir, me hice una promesa. Me dije: tal vez no tenga pasta para ser un verdadero comunista, pero a lo menos en tres cosas estoy seguro que jamás fallaré: fidelidad al Partido y a la Jota, responsabilidad para cumplir toda tarea que se me entregue y puntualidad.

Han pasado 70 años de ese inolvidable día del verano de 1948 y sigo siendo un joven combatiente, que sólo anhela contribuir, ahora desde mi célula Julieta Campusano de Ñuñoa, a hacer realidad lo soñado por Marx, Engels, Lenin, Recabarren, Julieta Campusano, Luis Corvalán, Sola Sierra y millones de comunistas.